es un campo de experimentación donde se cruzan fuegos fatuos, maniobras en HTML, CSS y lecturas gratas sobre arte contemporaneo que, o bien por la información que portan, el hecho que reportan o por el estilo con el que han sido escritas, las guardo aquí, para tenerlas a mano

lunes, abril 30, 2007

Arte en el contexto político ecuatoriano

Un oportuno comentario de Susana Klinkicht sobre lo sucedido en estos días en Cuenca, a propósito de la Bienal de Cuenca y la reacción municipal ante las propuestas allí presentadas.

domingo, abril 29, 2007

Argentina y el FMI

Una entrevista en Pagina 12 a Mark Weisbrot, economista y codirector del Center for Economic and Policy Research, una entidad heterodoxa con sede en Washington.

lunes, abril 23, 2007

La maquina de Enzensberger

Admiro a Enzensberger como a pocos. Su versatilidad, la riqueza de ideas que le habitan y proyectos que pone a caminar continuamente dejaría a cualquiera sin aliento.

Hace cosa de cinco años, me hice con un librito que el autor, a los trienta y más de años de haberlo escrito, accedió a publicarlo: Einladung zu einem Poesie-Automaten, un proyecto loco ideado para que una maquina escribiese poesía. He repasado el libro y sorprendido por lo que el proyecto tiene en sí. Hace un momento, por casualidad, he dado con una página que da cuenta en nuestra idioma de este invento Enzensbergiano, por lo que leo, actualizado con programas informáticos.

Obras del autor en el catálogo de Suhrkamp

domingo, abril 22, 2007

publicidad y literatura

Javier Cercas sobre la mal entendida relación entre literatura y publicidad.
Vale la pena leer esta aguda contemplación.
La chispa de la vida

Lo maravilloso en el mercado

Lo maravilloso en el mercado

MARIO VARGAS LLOSA
22/04/2007

El estreno, en París, en 1926, del espectáculo Romeo y Julieta concebido por Sergei Diaghilev, el director artístico de los célebres Ballets rusos, originó un ruidoso escándalo. Un grupo de enfurecidos surrealistas encabezados por André Breton y Louis Aragon, y azuzados desde la retaguardia por Picasso, irrumpieron en el teatro en plena función, con silbatos y gritos, y repartieron entre los asustados espectadores unos volantes con un manifiesto de protesta, acusando a los pintores Max Ernst y Joan Miró, a quienes Diaghilev había encargado el decorado y el vestuario de Romeo y Julieta, de haber traicionado los principios del movimiento, comercializando su talento. El manifiesto, redactado con la flamígera retórica de Breton, afirmaba: "Es inadmisible que las ideas se pongan al servicio del dinero".
Breton era un puro, un moralista intransigente, y lo siguió siendo hasta su muerte, pero era también un dictador y se pasó la vida excluyendo y fulminando a la mayoría de sus compañeros y seguidores que se apartaban de la rectilínea conducta que en materia estética y política fijaba al surrealismo. Su empeño de levantar una infranqueable frontera entre la creación artística de poetas, pintores, músicos, fotógrafos y cineastas vinculados al movimiento y el comercio y la industria, fracasó clamorosamente. Así lo muestra una interesante exposición en el Victoria and Albert Museum, de Londres, que, entre las innumerables exhibiciones dedicadas al surrealismo que aparecen a lo largo y ancho del planeta, ha encontrado un ángulo original que explorar: la manera como, desde los primeros tiempos, el surrealismo ejerció una influencia importante en el diseño comercial y el provecho que sacaron de ello la industria y el comercio, y también, claro está, buen número de surrealistas.
No sólo Max Ernst y Miró aceptaron encargos de escenografía y vestuario de espectáculos comerciales. Casi al mismo tiempo que ellos, Giorgio de Chirico diseñaba, con mucha audacia y humor, los atuendos y decorados de Le bal y André Masson hacía lo propio con Les présages. Pasajes de las tres obras pueden verse en la exposición en películas bastante bien restauradas, así como los figurines, vestidos, paneles y bocetos originales. La muestra es una inequívoca prueba de que el surrealismo, gracias al oportunismo y buen olfato de algunos comerciantes e industriales, rompió el pequeño círculo de la vanguardia intelectual y artística y fue conocido y en cierta forma adoptado parcialmente -en lo que concierne a los valores estéticos sobre todo- por una burguesía liberal, moderna, próspera y, por supuesto, bastante frívola.
Esta exposición habría irritado sobremanera a los "puros" del movimiento, como el propio Breton, o Benjamin Péret, o un Julien Gracq, o un César Moro, para quienes el surrealismo no fue un movimiento artístico sino una religión y una moral y que muy seriamente creyeron que con la escritura automática, el descubrimiento de lo maravilloso cotidiano, la exploración del inconsciente y la contaminación de la vida por el sueño, la poesía y la "belleza convulsiva" revolucionarían el mundo y la vida hasta llegar al ideal de Lautréamont: una sociedad planetaria donde la "poesía sería hecha por todos". Estos puros vivieron y murieron, por supuesto, pobres de solemnidad (Gracq está aún vivo).
Pero en los salones apasionantes y desmitologizantes del Victoria and Albert Museum, se advierte enseguida que, desde el principio, al igual que Ernst y Miró, una buena parte de los artistas vinculados al movimiento o que éste había considerado afines (como Picasso) no tuvieron escrúpulo alguno en colaborar con diseñadores, modistos, joyeros, sombrereros, constructores, arquitectos, y trabajar para millonarios esnobs y ostentosos decorándoles sus mansiones, retratándolos o asociándose con algunos capitanes de la industria para patentar sus inventos como productos manufacturados. Salvador Dalí, con cuyo nombre Breton hizo el anagrama de "Ávida Dollars", superó a todos sus compañeros o ex compañeros en oportunismo comercial.
Ahora bien: ¿ceder a la tentación materialista del dinero "vil" empobreció a estos artistas y re-
cortó su libertad y su talento? No necesariamente. Por ejemplo, en el caso de Dalí, el más "ávido" de ellos, yo me atrevería a decir que acaso los más inesperados y audaces hallazgos de su pintura y de los objetos que concibió estuvieron a menudo asociados a operaciones comerciales. Y, entre los productos comerciales -muebles, adornos, pulseras, sillas, biombos, joyas, vestidos, zapatos- que aquí se exhiben hay algunas creaciones de Giacometti, Dorothea Tanning, Magritte, Óscar Domínguez y del propio Joan Miró, que lucen la misma delicada factura y novedad que las pinturas y esculturas que fraguaron por el puro placer.
No sólo a los surrealistas "puros" les erizaba los pelos asociar al arte y la literatura con el mercado. Alguien tan lúcido como Octavio Paz escribió con horror de lo que el "mercado" podía hacer con la poesía. Es decir, a su juicio, prostituirla o desaparecerla.
Quienes piensan así deberían visitar la exposición Surreal Things del Victoria and Albert Museum, o, en su defecto, revisar el excelente catálogo. Comprobarán entonces que las cosas son menos románticas de lo que creen. (A propósito: el padre del romanticismo francés, un movimiento denostador del arte interesado, Victor Hugo, fue, además de un genio, un prodigioso administrador de su talento: murió rico y sólo por obra de su incansable pluma).
El talento sobrevivió al éxito comercial en el caso de muchos artistas de vanguardia, empezando por Picasso, y siguiendo con buen número de surrealistas, como Ernst, Masson, Miró, y los que se empobrecieron o apagaron, no fue porque se volvieran "impuros" sino porque en algún momento de su trayectoria perdieron el ímpetu creativo, la pugnacidad y la temeridad con que fraguaron sus mejores obras.
Lo que muestra esta exposición es que el talento no depende del éxito, que ambas cosas pueden coincidir o no y que, en todo caso, el genio de un artista sigue un desarrollo que responde mucho más a consideraciones internas, psicológicas y emocionales, que a condicionamientos externos. Es verdad que, en ciertas circunstancias, estos condicionamientos -por ejemplo, la codicia o la necesidad material- pueden menguar el fuego creativo, o apagarlo, pero esto sucede también en muchas otras oportunidades sin que medie en ello el factor mercantil, sino razones que se esconden en esa secreta intimidad que hace de algunos artistas grandes creadores y, de otros, mediocridades irredentas.
El mercado no premia la excelencia artística sino la popularidad de una obra y ambas cosas no son lo mismo. En algunos casos -los ideales-, coinciden, como es el de un Picasso, a quien el ser inmensamente popular y vender sus cuadros, esculturas, grabados y cerámicas a precios astronómicos no le recortó la destreza ni la insolencia creativa, y en otros, como en un Joyce o un Mallarmé, divergen, porque sus grandes obras sólo pueden ser debidamente apreciadas por minorías reducidas. El mercado no es culpable de que las cosas sean así, es sólo el reflejo de una realidad que lo precede, de la que es un mero portavoz.
Hay creadores a los que les repugna la idea de que aquello que gestan con tanta pasión y entrega, inmolándose a veces en el empeño, sea no sólo una obra artística, portadora de valores estéticos, sino, también, un producto comercial, con un valor económico determinado por la oferta y la demanda. Santo y bueno. Tengamos el mayor de los respetos por esos artistas desinteresados y enemigos del materialismo. Eso sí, advirtámosles que su postura es moral, no estética, y no presupone nada, ni a favor ni en contra, de su talento creativo. En ciertos casos, de actitudes tan desdeñosas de lo material resultan obras soberbias y, en otras, bodrios. La exposición del Victoria and Albert es una instructiva demostración de que no se debe mezclar ambas cosas si se quiere tratar de desentrañar el misterio de la creación artística: ésta tiene su propia esfera, en la que se gesta, acierta o fracasa, y la moral no tiene mucho que hacer en determinar sus resultados.
Es verdad que, al popularizarlo y convertirlo en una moda, el mercado limó la beligerancia revoltosa y anárquica con que el surrealismo nació, y que, en sus extremos -sobre todo, cuando empezó a explotarlo en la publicidad- lo frivolizó bastante. Pero nunca lo desnaturalizó del todo.
Pues, ahí está todavía, latiendo, como un ser vivo. En el Victoria and Albert hay muchas cosas que irritan o que hacen reír, entre ellas los disfuerzos de Jean Cocteau. Pero, de pronto, ante alguna vitrina, los objetos "comerciales" de Meret Oppenheim por ejemplo, el lecho-jaula de Max Ernst, la vitrina para fetichistas y hasta en algunos de los maniquíes de Elsa Schiaparelli -el "Skeleton"- es imposible no sentir un estremecimiento de sorpresa, placer, y vaharadas de deseo. Lo maravilloso-cotidiano está allí, no importa cuántas maquinaciones sórdidas y metálicas hayan conspirado para fabricarlo. El maldito mercado hizo del surrealismo -en su origen una cábala de marginales conmocionados por los hallazgos de Sigmund Freud- un genuino patrimonio de la humanidad, confundiendo en una misma familia al puro Breton y al impuro Dalí.

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Tomado de Diario El País de España de este día

domingo, abril 15, 2007

Microcuentos

Pero en lengua inglesa, a la sombra de Hemingway. Nos lo detalla Eduardo Berti en Pagina 12

Hacia la Bienal de Cuenca

De Diario El Comercio de Quito, del día 15 de abril tomo el siguiente reporte.

El artista ecuatoriano busca roce internacional

Redacción CuencaLa participación en la Bienal de Cuenca del 2004 fue una plataforma para el colectivo La Limpia de Guayaquil. Así lo ratifican Stéfano Rubira y Fernando Falconí, dos de sus actuales integrantes, cuando dicen que la obtención del Premio París en la edición pasada les impulsó en el ámbito nacional.“Hicimos contactos con jóvenes artistas e instituciones culturales”, recuerda Rubira. Pero lo que más destaca fue el hecho de lograr “una vitrina para que nos conozcan en otros países, así como contactos con otros artistas”. Como ejemplo está una propuesta que tienen para exponer en París en el segundo semestre de este año. Ahora La Limpia participa por segunda ocasión en la muestra de Cuenca.En la Bienal, que se inaugura el 25 de abril, participan 50 artistas del continente. De estos, 14 son ecuatorianos que buscan espacios, en algunos casos, y mantenerse en el circuito, para otros como Jaime Zapata y Jorge Velarde. Es precisamente roce internacional lo que los artistas logran al participar en la Bienal, según María Elena Machuca, miembro del Comité Organizador del Salón Nacional de Arte Contemporáneo Mariano Aguilera de Quito, una de las entidades curatoriales de la Bienal de Cuenca.“La Bienal es un espacio de confrontación con la obra de los distintos artistas contemporáneos internacionales”, dice Machuca.Pero también logran involucrarse con la comunidad, como ocurre con Juan Pablo Ordóñez. Este cuencano, el único que participa en la Bienal, trabaja desde hace más de seis meses en la instalación Grafías, en el muro del Monasterio de las Conceptas.Ordóñez cuenta con la colaboración de los habitantes de la calle Hermano Miguel, en el Centro Histórico de la capital azuaya. Desde sus casas logra proyectar una suerte de ciclo solar en una de las paredes de local religioso.Para Larisa Marangoni, coordinadora de la selección de artistas en Guayaquil, la propuesta de Ordóñez se destaca por vincularse con la comunidad. Añade que para cualquier artista ecuatoriano la participación en el evento constituye un honor y más cuando falta apoyo de las instituciones culturales del país.
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Reporte de Diario El Universo

sábado, abril 14, 2007

Pedro Jorge Vera

Byron Rodríguez publica un artículo en El comercio sobre la novela Destino del autor guayaquileño fallecido en 1999. Verlo aquí o pinchando la imagén



domingo, abril 08, 2007

Gilles Lipovetsky

Los tiempos Hipermodernos es el nuevo título del filosofo francés Lipovetsky que circula en nuestra lengua (hay otro que publicó el autor el pasado año pero aún noha sido traducido: Le bonheur paradoxal, essai sur la société d'hyperconsommation, Gallimard).
Jorge Pinedo lo comenta aquí

Bolaño a los ojos chilenos

Interesantímo el reporte de Mauro Libertella para Página 12 sobre la percepción de la obra de Roberto Bolaño (el chavo del ocho, según una presentadora de televisión que lo confundió) en su país natal.

“Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo” es una afirmación con implicaciones que la podía expresar sólo alguién que tuviese en mentes dinamitar algo más que una fachada, a lo mejor una estructura entera; pero hay más:

“los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”

No es errado sugerir que esas palabras son aplicables no sólo a la literatura chilena sino al contexto de las artes latinoamericanas en su conjunto.

Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.

Sigue el reporte aquí.

Robert Walser

Un acercamiento a Robert Walser escrito por Javier Ponce en El Universo