
Diario El Comercio de Quito, trae en
la edición de este día una semblanza de Ramiro Jácome, el pintor quiteño cuyo trabajo, me parece, introduce una sospecha vital en el contexto plástico ecuatoriano de los ochenta y noventa que apunta tanto al soporte sobre el que por entonces los creadores trabajaban reconcentradamente como, en el otro extremo, a la percepción estandar del público. El color y la fuerza de los trazos que caracteriza a su pintura es un elemento importante pero que no es suficiente para definirnos los alcances de ella, pues, supongamos que, al destacarlas en compañía de obras de otros pintores con igual destreza y fuerza en el manejo de los colores y los pinceles, esta puede ser facilmente confundida. En la obra de Jácome hay más, y mucho más que crítica social. Considerar su trabajo una década más tarde deja ver más, nos permite entablar relaciones que entonces no pudimos ver ni sospechar y el artista vió y pinto a partir de ellas (escribo, hablo de memoria, recordando los trabajos suyos que me fue posible contemplar en los ochenta, en la vuelta de los noventa). No sé cómo este montada esta muestra que lo recuerda, sin embargo, sé de antemano que esa obra tiene, tendrá siempre algo que decir ¿Será posible estudiarla con más profundidad para rescatarla de esa peligrosa transitoriedad a la que el cariño de los amigos y el halago de los críticos podría confinarla?
Ramiro Jácome callaba para pintar cuadros que gritaran
Edwin Alcarás
La voz, fresca y ligeramente ronca, siempre emergía como un susurro apenas perceptible, como un terciopelo impalpable. No era hombre dado a la charla, lo suyo siempre fue, más bien, el silencio.
Aquello que guardaba en algún rincón de ese silencio fue para Ramiro Jácome (Quito, 1948-2001) como una especie de tesoro que acumulaba con celo -incluso con mimo- para inflamarlo luego sobre sus telas, entre colores y formas transidos de lucidez.
El recuerdo unánime de la gente que lo trató compone una imagen de esta guisa: un hombre de edad indefinible (Sheyla Bravo, su primera pareja: “Siempre aparentaba menos edad de la que tenía. Se comía los años”); eternamente delgado, melena hasta los hombros, rasgos pronunciados debajo de una piel ligeramente pálida y unos ojos rasgados de mirada profunda que delataban su ascendencia asiática (Marcia Balladares, su segunda pareja: “El padre de su madre fue chino. Creo que por eso siempre estuvo fascinado con esa parte del mundo. Todo lo oriental lo obsesionaba”).
Pero su rasgo físico -así como espiritual- preponderante fue, ante todo, su mutismo. En las memorias en las que se grabó su imagen, la parquedad lingüística de Jácome es el sello común; eso y el reconocimiento de su extraordinario talento, cultivado con sus propias manos, fuera de cualquier influencia académica, con más intuición que pénsum.
Hay que imaginar a ese adolescente que fue Jácome a partir del recuerdo de dos de sus tres compañeros de caballería (junto a
José Unda, Washington Iza y
Nelson Román, ‘Rájac’ -así firmaba sus cuadros- formó el grupo de los Cuatro Mosqueteros, respuesta rebelde a la academia en 1969).
Siempre delgado, con un dejo de burla pintado en la comisura de los labios, andaba siempre por la Casa de la Cultura y era ‘yerba mala’ de las galerías quiteñas que atendían en Quito a mediados de los años sesenta. Lo acompañaba a veces su amigo Washington Iza: ambos raspaban los 16 años.
Miraban todo, leían mucho, hablaban menos. Y así, en una de las reuniones que se suscitaban espontáneamente luego de las clases en la Escuela de Bellas Artes de Quito, a las que ya asistía Iza, coincidieron Miguel Varea, Unda, y Román. Los púberes ilustrados le pedían cuentas, entre bebidas y sustancias espirituosas, a los ‘clásicos’, a los ‘maestros’ y a los ‘consagrados’ de la plástica ecuatoriana. Estaban hambrientos de vida, enojados y hambrientos.
Unda tiene este recuerdo: “Teníamos un sueño. Un gran sueño donde los haya: queríamos ser artistas, explorar y explotar el mundo por adentro y por afuera”. Iza, quien vive en México desde hace 10 años, este otro: “La inercia nos desesperaba. Éramos contestatarios y buscábamos como locos algo para renovar el arte. Era como si todo estuviese empezando con nosotros. Jácome se unió a nosotros precisamente por ese espíritu de protesta, la contracultura”. Varea: “El parricidio era nuestra bandera. Todos estábamos en esa onda de buscar cauces, pistas, de destruir y crear sobre las ruinas. La primera exposición de Jácome fue una colectiva en Guayaquil y fue una de las primeras que se fue en contra de todo. Los colores, las formas y las temáticas. Jácome, particularmente, dejó ver desde ahí un trazo fuerte y decidido en el dibujo, además, de su sarcasmo”. Es conocido, por lo demás, el episodio del burro pintado de naranja que los bravíos mosqueteros hicieron desfilar afuera del Salón de Julio de Guayaquil de 1969. No se sabe bien a quién se le ocurrió la sabrosa idea pero, en todo caso, el gesto congenia bien con el carácter sarcástico del quiteño “oriental, callado y medio siniestro”, como lo recuerda Varea.
Tales avatares le ganaron temprano un lugar en la plástica nacional. Los mosqueteros traviesos devinieron en hombres y su obra, poco a poco -así es la dialéctica de las rupturas- se empezó a vender bien y a ocupar a la academia. Pronto serían los padres de los que los nuevos jóvenes tendrían que desembarazarse como ellos, en su tiempo, habían roto (a mordiscos) el cordón umbilical con
Guayasamín, Kingman, Paredes...
Pero la historia de ese gran silencio ilustrado que fue Ramiro Jácome tiene una segunda parte, más bien un fondo, un revés. En el ámbito familiar su silencio fue calor, vida y alegría. Marcia Balladares, quien compartió los 20 últimos años de la vida del pintor, lo recuerda como un hombre animado y conversón, si bien admite que cuando cruzaba el umbral de la puerta hacia afuera era otro.“Siempre encontraba la forma de hacerme reír. Le gustaba la buena comida y, como era un vanidoso, le gustaba lo que él mismo cocinaba. Aunque, es verdad, su pescado al vapor es el mejor que he comido en mi vida. Supo vivir con intensidad”.
Punto de vista
Marcelo Aguirre. Artista plástico
Me emocionaron sus mitologías. Creo que Ramiro Jácome ha sido un pintor que ha tenido una gran significación en la pintura ecuatoriana. Su figura es referencial, sobre todo en la década de los años ochenta y desde antes, cuando él participaba de la acción de los Cuatro Mosqueteros. Su obra, la que puede calificarse como neofigurativa, tiene un gran sentido crítico social. Era, además, de esto, un gran colorista. Su ‘desfiguración de las figuras’ de alguna manera logra hacernos reflexionar sobre la descomposición social. En un momento dado de su obra, Jácome era un pintor que cuestionaba desde la sátira. Es meritoria la muestra abierta en la Casa de la Cultura, es un homenaje importante, pero considero que pudo tener un alcance mayor. Falta, por ejemplo, la investigación y edición de un catálogo de su trayectoria.
Una de las obras que a mí más me conmovieron fue la de esos personajes de La Catedral, que presentó en la Galería Artes, que llevaba Iván Cruz. Eran típicos personajes quiteños, era un rescate del mito de la ciudad, de la mitología andina. En su libro ‘El dorado’, hace una propuesta sobre esos aspectos. También sale a relucir su obra como ilustrador.